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Columna de opinión: Día de la Tierra

El "Día de la Tierra" cumplió 50 años en 2020.  Fue un llamado a la acción, inicialmente en EE.UU., y globalmente desde 1990.  En 1970, los temas de urgencia ambiental fueron identificados como la contaminación del aire y de agua, en el contexto de la Guerra en Vietnam y la amenaza de un conflicto nuclear.

 En 2021, reclamamos el cambio climático en un contexto de guerras civiles y migraciones masivas, como en Yemen, Myanmar y Siria.  Durante estos cincuenta y un años, hemos experimentado cambios profundos en geometrías de poder internacional, en tipos de amenazas, y en flujos de capital, información, productos y servicios.  Sin embargo, hay que buscar el hilo conductor que hace el Día de la Tierra tan urgente e importante como en el año 1970. 

El mundo cambió, pero algo se mantuvo durante todo ese tiempo. Se puede acusar al capitalismo salvaje de la pos-guerra, pero el comunismo también fue responsable. Se puede acusar a la globalización, pero los estados proteccionistas también tuvieron un rol. Se puede acusar a la codicia, pero también había otros pecados en competencia. Hay que escavar un poco más, para llegar al hilo conductor. Es lo que queda detrás de estas orientaciones y prácticas: la conciencia. El día 22 de abril de 1970, la meta era provocar un cambio de conciencia, para reconocer la interdependencia de los seres humanos con el planeta, y las responsabilidades asociadas. En un discurso, ese día, el ecologista Barry Commoner declaró que: “estamos en una crisis de sobrevivencia". Se puede observar que la crisis persiste. El Día de la Tierra es un llamado para reconocer que hay una crisis producida por nuestras propias manos. No habrá un cambio en los patrones de consumo sin una conciencia socio-ecológica. No habrá un fin al cambio climático sin una conciencia socio-ecológica. No habrá una eliminación de la pobreza extrema –un compromiso global para alcanzar en 2030– sin una conciencia socio-ecológica. 

Columna de opinión Día de la Tierra

                             * El Día de la Tierra es un llamado para reconocer que hay una crisis producida por nuestras propias manos, Jonathan Burton. 

No basta con ajustes de eco-eficiencia, ni con productos más inteligentes o de mayores cobros por contaminación. El cambio de conciencia es más profundo. Requiere un rechazo de la subordinación de la naturaleza a favor de una coexistencia. Requiere el reconocimiento de la indivisibilidad de sociedad y naturaleza. Y requiere un reconocimiento de los límites de los ecosistemas, del crecimiento económico basado en la acumulación inequitativa de bienes, del consumo desenfrenado y –según la Encíclica Laudato Si´- de ‘la cultura de descarte’. Será una conciencia menos moderna, y más de tradiciones milenarias, dónde reconocemos que ese Día y todos los días, somos de la Tierra, en la Tierra, y desde la Tierra. Sería la única forma de escapar de una humanidad inconsciente, que arriesga su propia sobrevivencia por su propia ignorancia.

En 1970 fue publicado la segunda edición de La Sobrevivencia de Chile, por Rafael Elizalde Mac-Clure; la primera fue del año 1958. Demuestra que las preocupaciones de los EEUU no estaban tan lejos de las de Chile. Elizalde retoma la palabra de muchos pronunciándose sobre la condición humana y del planeta en esos años: sobrevivencia. Él nos deja con una observación que nos sirve en el 2021, tal como en 1970 y en 1958: “El hombre [sic] tiene casi deshecho su propio nicho en la biosfera, ha roto la cadena de la supervivencia.  No está consciente de su infinita pequeñez dentro del universo y procede en nuestro microplaneta como si su especie fuera la única que existe…” (p.XXX). Hace un llamado que sigue siendo relevante, mostrándonos que la crisis de hoy no es una crisis nueva sino una crisis vieja.  Somos varias las generaciones cómplices de no haber cambiado nuestra conciencia: “Tenemos que cumplir nuestro deber de incitar a los chilenos a cambiar de actitud, a modificar su general despreocupación por los recursos naturales renovables, por una postura concientizada para enfrentar el desastre ecológico…No nos engañemos. Puede que este cataclismo natural no remezca [sic] nuestros hogares como hacen los terremotos, por ejemplo.  Pero su proceso mortal sigue avanzando en silencio” (pp.XXIII-XXIV).

Columna de opinión por Jonathan Barton, académico Instituto para el Desarrollo Sustentable UC & Instituto de Geografía UC e investigador CEDEUS

Foto Jonathan Burtons