Impacto de los incendios forestales en los ecosistemas de Chile
El impacto de los incendios forestales en los ecosistemas va más allá de la emergencia inmediata. Académicos de la UC explican cómo el fuego degrada el territorio y cuáles son los desafíos para su recuperación a largo plazo.
Cada verano en Chile, los incendios forestales arrasan con miles de hectáreas en la zona centro-sur del país, ya sea por intencionalidad, accidentes humanos o por condiciones climáticas, como altas temperaturas, sequía prolongada y olas de calor.
La vegetación seca, la acumulación de material combustible y las altas temperaturas favorecen la combustión y la rápida propagación del fuego; esto se ve intensificado con el cambio climático y la expansión urbana hacia zonas rurales y forestales.
Junto con la pérdida humana y material, los ecosistemas que sostienen estos territorios también resultan profundamente afectados, condicionando las posibilidades de recuperación a largo plazo.
En este contexto, académicos de la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC) advierten que la degradación del ecosistema, y especialmente de los componentes que permiten su regeneración, compromete la biodiversidad, la seguridad humana y la capacidad de los territorios para reconstruirse. Asimismo, explican por qué, en muchos casos, permitir que la naturaleza actúe por sí sola puede ser clave en la etapa posterior a la emergencia.
Tras un incendio forestal, el suelo queda expuesto a una serie de cambios que no siempre son evidentes a simple vista. Según Mónica Antilén, directora del Instituto para el Desarrollo Sustentable UC y especialista en suelos, el impacto del fuego depende principalmente de su intensidad y del tiempo de exposición a altas temperaturas.
“Cuando ocurre un incendio, se consume la cobertura vegetal que protegía el suelo, dejando expuesta su capa superficial, que es la más fértil y funcional”, señaló. Esta capa contiene materia orgánica, microorganismos y estructuras clave para almacenar agua, sostener la vegetación y regular los ciclos de nutrientes.
Uno de los efectos más inmediatos es la pérdida de materia orgánica, un componente fundamental para la estructura del suelo. “La materia orgánica actúa como un pegamento que mantiene las partículas unidas. Cuando se quema, el suelo pierde esa cohesión y queda frágil”, explicó..

En la práctica, esto significa que un suelo que antes se mantenía estable puede desarmarse fácilmente con el agua o el viento. Para ejemplificar, Antilén comparó: “Es como una quemadura en la piel, se pierde la capa protectora y lo que queda es mucho más vulnerable”.
Desde el punto de vista biológico, la actividad microbiana también puede disminuir drásticamente tras un incendio, aunque con el tiempo tiende a reactivarse. “El suelo tiene capacidad de regenerarse, pero ese proceso no es inmediato ni ocurre de la misma forma en todos los territorios”, advirtió.
La pérdida de estructura del suelo no solo afecta a la vegetación, sino que también puede comprometer otros usos del territorio, como la agricultura, la ganadería o la construcción de viviendas. “Un suelo degradado pierde su capacidad de sostener actividades humanas básicas, como producir alimentos o servir de base segura para una vivienda”, afirmó.
Por eso, enfatizó la importancia de evaluar el estado del suelo antes de avanzar en procesos de reconstrucción o reocupación del territorio. “No todos los suelos quedan iguales después del fuego. Cada lugar requiere una evaluación específica”, agregó.
¿Puede el ecosistema recuperarse por sí solo?
Pese a estos impactos, la regeneración del ecosistema no es necesariamente un proceso perdido. Pablo Becerra, experto en regeneración ecológica y académico de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales UC, coincide con Antilén en que la capacidad de recuperación depende del tipo de ecosistema, la región geográfica y la intensidad del incendio.
“En el centro-sur de Chile, gran parte de la vegetación nativa ha evolucionado históricamente con incendios. Muchas especies tienen la capacidad de rebrotar desde raíces o tocones que sobreviven al fuego”, explicó. De hecho, estimó que cerca del 80% de las especies leñosas de esta zona presentan mecanismos de rebrote.
Esto significa que, aunque la parte aérea de la vegetación se queme por completo, gran parte del sistema subterráneo permanece vivo y puede dar origen a nuevos brotes tras las primeras lluvias. En ese sentido, un área incendiada no deja de ser un bosque, sino que pasa a convertirse en un bosque en proceso de regeneración.

La regeneración, sin embargo, no es inmediata ni completa. Mientras la cobertura vegetal leñosa suele recuperarse con mayor rapidez, otros componentes del ecosistema se ven más afectados. Muchas especies herbáceas nativas y parte importante de la fauna, como insectos, pequeños mamíferos y aves que habitan el suelo, sufren altas tasas de mortalidad durante los incendios.
“La vegetación puede volver en algunos años, pero la biodiversidad no siempre se recupera al mismo ritmo”, señaló Becerra. Aunque los primeros signos de regeneración pueden aparecer a los pocos meses, la recuperación de un bosque puede tardar entre 20 a 25 años.
Uno de los puntos importantes que destacaron los especialistas es que intervenir apresuradamente un territorio incendiado puede resultar contraproducente. “En muchos casos, lo mejor que se puede hacer después de un incendio es permitir que el ecosistema se regenere de forma natural, y no hacer nada”, alertó Becerra.
El tránsito de personas, maquinaria o ganado sobre suelos recién quemados puede aumentar la compactación y la erosión, favoreciendo la pérdida de nutrientes. Solo en situaciones específicas, como zonas de alta pendiente con riesgo de erosión, se recomienda realizar intervenciones puntuales para estabilizar el terreno.
Asimismo, los académicos advierten que prácticas como la extracción de madera quemada pueden afectar negativamente la regeneración, ya que los troncos cumplen funciones ecológicas vitales, como aportar sombra, materia orgánica y servir de refugio para diversas especies.
Resiliencia ecológica tras el impacto de los incendios forestales
Mirando hacia el futuro, ambos expertos coinciden en que la resiliencia frente a incendios forestales no depende solo de la respuesta posterior al fuego, sino de decisiones de manejo territorial a largo plazo. La planificación del uso del suelo, la protección del bosque nativo y la reducción de la degradación previa son factores fundamentales para enfrentar incendios cada vez más frecuentes e intensos.
“Las decisiones deben basarse en evidencia científica”, señaló Becerra. “Intervenir sin conocimiento no solo implica un gasto innecesario de recursos, sino que puede empeorar la situación”.
En última instancia, el fin de las llamas no es el cierre de la emergencia, sino el inicio de un proceso biológico silencioso y delicado. Comprender que el suelo es un organismo vivo y vulnerable, y no solo un soporte físico, es clave para repensar cómo Chile enfrenta sus temporadas de incendios.