El Huerto San Francisco UC celebra diez años conectando naturaleza y vida universitaria
A pocos metros de salas de clases, laboratorios y edificios universitarios, el Huerto San Francisco UC ofrece una escena distinta: personas trabajando la tierra, observando insectos, compartiendo semillas o simplemente haciendo una pausa bajo los árboles. Durante diez años, este espacio ha reunido a la comunidad universitaria en torno a la agroecología, convirtiéndose en un […]
A pocos metros de salas de clases, laboratorios y edificios universitarios, el Huerto San Francisco UC ofrece una escena distinta: personas trabajando la tierra, observando insectos, compartiendo semillas o simplemente haciendo una pausa bajo los árboles. Durante diez años, este espacio ha reunido a la comunidad universitaria en torno a la agroecología, convirtiéndose en un lugar de aprendizaje, colaboración y encuentro dentro del campus San Joaquín.
Este 2026, el Huerto San Francisco UC cumple diez años de vida. Lo que comenzó como una iniciativa impulsada desde la entonces Oficina de Sustentabilidad hoy es uno de los proyectos emblemáticos de sustentabilidad y vinculación comunitaria dentro de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
La historia del huerto comenzó a gestarse en 2014, a partir de un trabajo participativo entre estudiantes, funcionarios(as), docentes y distintas unidades universitarias, quienes buscaban responder a problemáticas socioambientales presentes en el territorio universitario. El proyecto fue concebido como un lugar transversal de encuentro para la comunidad UC, capaz de promover la agricultura urbana, la sustentabilidad y la producción de alimentos saludables.

Su inauguración oficial se realizó en 2016 en el campus San Joaquín, en una ceremonia encabezada por autoridades universitarias y representantes de distintas áreas de la universidad. Desde entonces, el espacio ha crecido en infraestructura, biodiversidad, participación y alcance dentro de la comunidad.
Actualmente, el huerto cuenta con zonas de cultivo de hortalizas, chacras, hierbas medicinales, frutales y espacios de conservación de biodiversidad. Además, se ha consolidado como un lugar donde convergen cursos académicos, talleres, voluntariados, investigaciones y actividades abiertas para la comunidad universitaria y visitantes externos.
Un espacio para desacelerar
Para Raimundo Peñafiel, coordinador de gestión de la Dirección de Sustentabilidad UC, la huella más profunda del Huerto San Francisco no puede medirse únicamente por la cantidad de alimentos producidos o actividades realizadas. Su valor más significativo, explica, está relacionado con la experiencia humana y comunitaria que allí ocurre.
“El mayor impacto del Huerto San Francisco tiene que ver con el espacio y tiempo que este significa para la comunidad UC. Es un espacio donde las personas buscan un momento de paz, de salir de la rutina, de volver a la calma con las manos en la tierra. Un espacio para compartir, crear equipo y aumentar su conocimiento sobre técnicas agroecológicas en las diversas instancias en las que pueden participar”, señala.
En un contexto universitario atravesado por la velocidad, las exigencias académicas y la hiperconectividad, el huerto se ha convertido para muchas personas en una pausa necesaria dentro de la rutina cotidiana. “La comunidad encuentra en el huerto un lugar seguro, donde se regeneran, colaboran y vuelven con energías a sus labores y funciones cada vez que visitan el lugar”, agrega Peñafiel.
Ese carácter regenerativo del espacio aparece repetidamente en quienes participan de talleres, voluntariados y jornadas de trabajo comunitario. El huerto no solo enseña técnicas agrícolas urbanas; también promueve otra relación con el tiempo, con el entorno y con los procesos naturales.

Agroecología y aprendizaje vivo
Desde sus inicios, el Huerto San Francisco fue pensado como un espacio de educación ambiental y agroecología urbana. La producción sustentable de alimentos, el compostaje, el manejo ecológico de cultivos y la biodiversidad forman parte de los aprendizajes que allí se desarrollan.
Sin embargo, el huerto también ha adquirido un rol cada vez más importante dentro de la experiencia formativa universitaria. Para nuestra institución, este espacio funciona como un laboratorio vivo de aprendizaje, donde estudiantes, académicos(as), funcionarios(as) y público externo pueden observar directamente procesos ecológicos y sociales. “Dada la naturaleza cambiante de este espacio, permite que aquella persona que desee ser observador de un ciclo pueda lograrlo en el Huerto San Francisco, ya que este actúa como un acotado espacio de preservación”, explica Tamara Merino, encargada de operaciones de la Dirección de Sustentabilidad.
Actualmente, distintos cursos utilizan el huerto como parte de sus actividades académicas permanentes. Allí se desarrollan observaciones de biodiversidad urbana, seguimiento de ciclos vegetales y análisis relacionados con sustentabilidad, alimentación y territorio. “Cada curso, ya sea tras un trabajo durante el semestre o una visita puntual, explora y registra variables ambientales, ciclos de las plantas, de insectos y aves en el entorno urbano”, añade Tamara.
La experiencia educativa no se limita únicamente a carreras asociadas a ciencias naturales o agricultura. El carácter interdisciplinario del huerto ha permitido que estudiantes de distintas áreas se vinculen con el espacio desde perspectivas diversas. Entre los cursos que actualmente trabajan en el huerto se encuentran Sistemas Alimentarios Regenerativos, Seminario de Investigación en Educación y Antropoceno e Imaginarios del Futuro. Cada uno aborda el espacio desde diferentes enfoques: producción agroecológica, educación al aire libre, arte, crisis socioecológica y reflexión sobre futuros sustentables.

“La promoción de la interdisciplina viene dada principalmente desde la perspectiva de los cursos que se desarrollan en el Huerto San Francisco y los aportes y miradas que estos traen al espacio”, comenta Peñafiel.
El espacio también ha sido utilizado para tesis, investigaciones de posgrado, pasantías y prácticas académicas relacionadas con biodiversidad, sustentabilidad urbana y educación ambiental.
Aprender desde los ciclos naturales
Más allá de los conocimientos técnicos, uno de los aprendizajes más significativos que entrega el huerto tiene relación con la paciencia, la observación y el respeto por los ciclos naturales. “La conexión con los ciclos naturales de la producción de alimentos es uno de los aprendizajes más importantes”, afirma Tamara Merino. “Las plantas requieren tiempo para crecer y nada de lo que hagamos acelerará este proceso”, agrega.
Esa experiencia, aparentemente simple, tiene profundas implicancias en la forma en que las personas se relacionan con el entorno y con sus propios ritmos cotidianos. “Esta sentencia lleva a las personas a desacelerar y ser pacientes, a disfrutar del proceso de manera colaborativa y a respetar los ciclos naturales”, añade.
En tiempos marcados por la inmediatez y la productividad constante, el huerto propone una lógica distinta: observar, esperar, cuidar y comprender que la naturaleza tiene tiempos propios. La agroecología, precisamente, no se limita a la producción de alimentos sin químicos o a la implementación de ciertas técnicas agrícolas. También implica comprender las relaciones entre biodiversidad, suelo, agua, comunidad y alimentación.
En ese sentido, el Huerto San Francisco ha logrado transformarse en un espacio donde la sustentabilidad deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una experiencia concreta.
Comunidad y cohesión social
Uno de los elementos que más destacan quienes participan del proyecto es la comunidad que se ha construido alrededor del huerto durante estos diez años. “El rol de la comunidad en el huerto es fundamental, dado a que permite que el espacio esté vivo”, explica Peñafiel. La idea de “espacio vivo”, aclara, no se refiere únicamente a las plantas o cultivos, sino también a las relaciones humanas que allí se desarrollan.
“Hace referencia a la consolidación de la comunidad que nace en torno a la labor de cuidado del huerto. Las y los participantes crean un espacio de cuidado para las personas, mejorando notoriamente la cohesión social”, sostiene.
Esa comunidad se expresa en la participación constante de voluntarios(as), estudiantes y funcionarios(as) que regresan semana tras semana para colaborar en el cuidado del espacio.
Uno de los ejemplos más significativos corresponde al programa Estudiantes Comprometidos con la Sustentabilidad (ECOS), iniciativa impulsada por la Dirección de Sustentabilidad UC que vincula a estudiantes con proyectos ambientales y comunitarios, ya que participan todos los semestres en este espacio y en más de una ocasión, luego de su paso, continúan colaborando debido a que se ven enormemente identificados y marcados por la experiencia.
El huerto también ha abierto espacios de encuentro intergeneracional y comunitario. A lo largo de estos años ha recibido visitas de jardines infantiles, comunidades escolares, organizaciones y personas interesadas en aprender sobre agricultura urbana y sustentabilidad. El vínculo con niños y niñas del Jardín Infantil del campus San Joaquín ha permitido desarrollar actividades relacionadas con alimentación saludable, reconocimiento de semillas y conexión con la naturaleza.

A diez años de su creación, el Huerto San Francisco continúa proyectándose como un espacio clave dentro de la formación integral y sustentable de la comunidad universitaria, buscando potenciar un espacio aún más transversal y conocido dentro de la experiencia estudiantil. “Vemos el rol del huerto en la formación de estudiantes como un espacio vinculante, un espacio de paso necesario para su formación”, comenta Peñafiel.
La idea, explica, es que más personas vivan la experiencia de trabajar la tierra, comprender los ciclos naturales y participar de espacios comunitarios. “Creemos que falta harto para que más personas y comunidad UC nos conozcan desde el inicio de su paso por la universidad”, agrega.
El desafío hacia adelante no solo será seguir cultivando alimentos, sino también continuar fortaleciendo una cultura de sustentabilidad basada en el cuidado, la colaboración y el encuentro.
En una ciudad donde los espacios verdes comunitarios son cada vez más escasos y donde las dinámicas urbanas suelen alejarnos de los ciclos naturales, el Huerto San Francisco ha logrado convertirse en un pequeño ecosistema de aprendizaje, biodiversidad y comunidad.
Diez años después de aquella primera higuera plantada durante su inauguración, el espacio sigue creciendo. Y con él, también crecen las redes, experiencias y vínculos que han hecho del huerto un lugar profundamente significativo para quienes lo habitan.