Un olivo con raíces en Jerusalén y vida en la UC

29 de Julio 2026

Caminar por los pasillos de la Pontificia Universidad Católica de Chile es caminar entre décadas de historia. Los edificios, patios y jardines resguardan episodios que han marcado el desarrollo del país, pero pocos poseen un simbolismo tan profundo como el olivo que hoy crece en el patio Juan Pablo II en campus Casa Central. A simple vista, […]

Caminar por los pasillos de la Pontificia Universidad Católica de Chile es caminar entre décadas de historia. Los edificios, patios y jardines resguardan episodios que han marcado el desarrollo del país, pero pocos poseen un simbolismo tan profundo como el olivo que hoy crece en el patio Juan Pablo II en campus Casa Central. A simple vista, podría parecer un árbol más. Sin embargo, sus raíces conectan la tradición cristiana con un hito científico significativo desarrollado en nuestra universidad durante la década de 1980: la germinación in vitro de un descendiente de los olivos del huerto de Getsemaní

Es una historia donde convergen la fe, la investigación y la perseverancia. También es el reflejo de una institución de educación superior que, desde hace décadas, ha entendido que el conocimiento puede preservar aquello que parece imposible de conservar. 

En 1984, el Dr. Claudio Barros Rodríguez, académico de la UC y diácono de la Iglesia Católica, regresó desde Jerusalén con siete cuescos de aceituna provenientes del huerto de Getsemaní, lugar donde, según la tradición cristiana, Jesucristo oró junto a sus discípulos antes de ser arrestado. El desafío era conseguir que aquellas semillas germinaran, pese a las dificultades naturales que presenta esta especie y a los reiterados fracasos obtenidos mediante métodos tradicionales. 

Y fue ahí cuando la ciencia abrió un nuevo camino. En una época en que la biotecnología vegetal recién comenzaba a consolidarse en Chile, investigadores UC apostaron por el cultivo in vitro, una técnica que prometía cambiar para siempre la propagación de especies vegetales. La llamada “agricultura en probeta” permitía obtener plantas genéticamente idénticas a su ejemplar de origen, libres de patógenos y con una eficiencia hasta entonces impensada.  

Más que un árbol, este olivo es un testimonio vivo de la historia, la investigación y el patrimonio que convergen en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fotografía cortesía IG Rector UC.

El origen divino  

Pero antes de pensar en miles de plantas, había que conseguir una. La misión comenzó en el Laboratorio de Embriología de la Universidad Católica, dirigido entonces por el profesor Claudio Barros, uno de los pioneros de la biología del desarrollo en Chile. Fue allí donde se realizaron los primeros intentos por rescatar el embrión contenido en las semillas provenientes de Jerusalén. 

Aquella etapa resultó decisiva. Extraer un embrión vegetal de una semilla con escasas probabilidades de germinar requería precisión, conocimiento y una infraestructura científica que en esos años apenas comenzaba a consolidarse en el país. El trabajo desarrollado por el equipo encabezado por Barros permitió dar los primeros pasos para que aquel material biológico pudiera continuar su desarrollo. 

Más tarde, el proyecto pasó al Departamento de Micropropagación de la UC, liderado por Miguel Jordan, referente nacional en biotecnología vegetal y uno de los principales impulsores de las técnicas de cultivo de tejidos en Chile. Bajo su dirección se perfeccionó el proceso de propagación vegetal y se consolidó una línea de investigación que transformaría la forma de multiplicar especies de interés agrícola, forestal y patrimonial. 

Fue precisamente en ese laboratorio donde la historia encontró uno de sus protagonistas principales. 

Carlos Roveraro integraba el Laboratorio de Biotecnología de la UC cuando recibió la tarea de intentar obtener una planta viable a partir de aquellas semillas traídas desde Tierra Santa, lo que hasta ese momento parecía improbable.

El desafío era interesante, ya que se podrían obtener plantas a partir de semillas provenientes del huerto de Getsemaní. En el laboratorio de botánica recibí cinco semillas, pero estaban en muy malas condiciones: extremadamente secas y, considerando que provenían de un huerto con más de 2.000 años de historia, era poco probable que germinaran de manera natural. El desafío consistía en aplicar mis conocimientos de cultivo de tejidos, porque en condiciones normales esas semillas no habrían germinado”, recuerda Carlos Roveraro. 

Según relataría años después, el proceso estuvo marcado por la paciencia. Durante semanas observaron cómo las semillas permanecían inmóviles. Luego apareció una pequeña raíz. Más tarde, un diminuto brote verde comenzó a abrirse paso. Era una señal mínima, pero suficiente para comprender que estaban frente a un acontecimiento extraordinario. 

El propio Roveraro recordaba entonces que cada jornada comenzaba con la incertidumbre de saber si el frágil brote seguiría con vida. “Hasta ese momento había trabajado con cultivo in vitro a partir de estacas y otros tejidos vegetales, pero nunca desde semillas. Tuve que aplicar técnicas de estratificación para lograr la germinación y, finalmente, solo una semilla prosperó. Como el olivo es una especie oleaginosa (cuyas semillas o frutos contienen una alta proporción de aceites o grasas) era muy susceptible a la contaminación, por lo que la planta comenzó a infectarse y fue necesario aplicar un tratamiento para recuperar su condición sanitaria. Con el paso de los días mejoró, y eso significó una enorme alegría para mí”, señala.  

Con el paso del tiempo, el pequeño olivo dejó el laboratorio. Lo que durante meses había vivido protegido en condiciones controladas inició una nueva etapa al aire libre, adaptándose lentamente hasta transformarse en el árbol que hoy permanece en campus Casa Central. 

Su presencia es mucho más que un recuerdo botánico, ya que representa una época en que la universidad comenzaba a posicionarse como referente nacional en biotecnología vegetal. Las investigaciones desarrolladas por equipos liderados por académicos como Claudio Barros y Miguel Jordan contribuyeron a instalar capacidades científicas que luego serían fundamentales para el desarrollo de la micropropagación de especies agrícolas, forestales y nativas en Chile. 

En esos mismos años, la UC impulsaba investigaciones sobre cultivos meristemáticos, propagación vegetal y saneamiento de plantas, tecnologías que permitían obtener ejemplares libres de enfermedades y mejorar la productividad agrícola. La experiencia del olivo de Getsemaní se transformó, así, en uno de los ejemplos más visibles del potencial que ofrecía la biotecnología para enfrentar desafíos tanto productivos como patrimoniales. 

Para Roveraro, la experiencia también marcó un punto de inflexión para la investigación desarrollada en la universidad. “Se abrió una nueva ventana para el cultivo de tejidos in vitro a partir de semillas y fue un trabajo pionero en plantas oleaginosas. Hasta ese momento no habíamos aplicado esta técnica en este tipo de especies debido a los problemas de contaminación que presentaban en laboratorio”, explica. 

En 1987, Carlos Roveraro posa junto al olivo que logró germinar a partir de una semilla proveniente de Getsemaní, tras un complejo proceso de cultivo in vitro. Fotografía Revista Ercilla, 1987.

Pero hay un elemento que trasciende incluso ese aporte científico, puesto que a diferencia de muchos experimentos cuyo resultado permanece únicamente en publicaciones o laboratorios, este sigue vivo. Se puede recorrer, observar y contemplar. Sus ramas han acompañado generaciones de estudiantes, académicos(as), funcionarios(as) y visitantes que, muchas veces sin saberlo, caminan junto a un árbol nacido gracias a una investigación desarrollada hace casi cuatro décadas. 

Ese olivo resume buena parte de la identidad de la Pontificia Universidad Católica de Chile, una institución donde la búsqueda del conocimiento dialoga con la historia, donde la investigación responde a preguntas concretas y también es capaz de preservar símbolos que forman parte de un patrimonio compartido. 

Hoy, mientras el árbol continúa creciendo en el corazón de Casa Central, su historia sigue más viva que nunca. Una historia escrita por investigadores que apostaron por una tecnología incipiente, por laboratorios que trabajaron de manera colaborativa y por una comunidad universitaria que entendió que la ciencia sirve para descubrir el futuro y también para cuidar aquello que merece perdurar.