Columna de opinión: Los desafíos ambientales que enfrenta Chile

5 de Mayo 2026

En Chile, el debate sobre qué proteger y cómo compatibilizar inversión con conservación rara vez sale de la coyuntura. Se discute cuando hay un decreto en trámite, cuando ocurre un incendio, cuando una especie aparece en la lista de amenazadas. La reciente suspensión de procesos de protección de biodiversidad y el retiro de decretos ambientales […]

En Chile, el debate sobre qué proteger y cómo compatibilizar inversión con conservación rara vez sale de la coyuntura. Se discute cuando hay un decreto en trámite, cuando ocurre un incendio, cuando una especie aparece en la lista de amenazadas. La reciente suspensión de procesos de protección de biodiversidad y el retiro de decretos ambientales son el episodio más reciente de una tensión que ningún gobierno ha resuelto, y que no se resolverá mientras la integridad ecológica siga siendo tratada como un obstáculo y no como una condición del desarrollo sustentable. 

Chile ha construido su economía sobre la extracción y el uso intensivo de recursos naturales. La minería, la agricultura, la industria forestal y la acuicultura son sectores relevantes, pero también ejercen presión sobre los ecosistemas que los sustentan. El problema no es que existan: es que el modelo productivo que los rige aún no reconoce los límites que la biología impone. Y mientras eso no cambia, la degradación avanza. 

El suelo es quizás el síntoma más silencioso. Un suelo que ha perdido materia orgánica, compactado o erosionado, no solo produce menos: regula peor el agua, almacena menos carbono y alberga una comunidad biodiversidad empobrecida que ya no sostiene los procesos básicos del ecosistema. En los sistemas agrícolas mediterráneos de Chile esta degradación avanza sin alarmas visibles, solo una pérdida gradual que se hace evidente cuando el sistema ya no responde. Cuando eso ocurre, recuperarlo es lento, caro y exigente en conocimiento. 

Los incendios forestales, en cambio, sí tienen cara visible. Chile ha experimentado temporadas de incendios de mayor severidad, intensidad y frecuencia, afectando desde la zona central hasta ecosistemas patagónicos de alto valor ecológico. Lo que el fuego deja atrás es un suelo expuesto, una comunidad biológica desarticulada y el terreno que las especies invasoras necesitan para instalarse. La recuperación espontánea, cuando ocurre, toma décadas. Muchas veces, simplemente no ocurre. 

El camino no pasa solo por frenar el daño sino por revertirlo. Eso implica asumir una lógica regenerativa en la forma en que usamos el territorio: restaurar suelos, reactivar procesos microbianos, reintroducir especies nativas con criterio ecológico y trabajar con las comunidades que habitan esos territorios. Por ejemplo, la agricultura tiene aquí un rol central, no como causa del problema sino como parte de la solución. Un sector que gestiona bien su suelo, mantiene coberturas vegetales e integra criterios ecológicos en el paisaje productivo fortalece los ecosistemas de los que depende. 

El biólogo Edward O. Wilson advertía que seríamos recordados tanto por la revolución digital como por la extinción masiva que puede ocurrir bajo nuestra mirada. Este 22 de abril es una oportunidad para preguntarnos en cuál de esas historias queremos aparecer. Y, sobre todo, qué decisiones concretas estamos dispuestos a tomar para que la respuesta cambie. 

Columna de opinión por Eduardo Arellano, académico Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales e Instituto para el Desarrollo Sustentable UC